En
ese momento, cuando ingresaba a la sala de operaciones, oré mentalmente
agradeciéndole a Dios, por la vida que había tenido, porque era consciente que
quizá, nunca vería de nuevo el día. Me operaron y así pasaron las horas.
Cuando
desperté, medio soñoliento, estaba en un ambiente grande y bonito, con varias
camas, mejor que las habituales. Me desperté porque me picaba la pantorrilla
izquierda, y yo, medio dormido, estiraba la mano para rascarme la pierna que ya
no tenía. Buscaba entre las sábanas mi pierna, pero no la encontraba. Vivía el
síndrome del “fantasma” del miembro ausente.
Fue
así que, subiendo la mano, llegué hasta mi muslo y me dolió tocármelo. Aunque
estaba con vendas, habían pasado sólo algunas horas de la operación. Desperté
totalmente y observé que estaba hospitalizado, acordándome de la oración que
había realizado horas antes. Pero… ¡Estaba vivo!
Sonreí
y agradecí a Dios por concederme el don de la vida. Sabía que había un
propósito.
Días
después me enteré que creyentes de distintas partes del mundo estaban orando
por mi salud, gente que no conocía, pero que en más de 30 países la noticia había
llegado. Estoy agradecido a Dios por esos cristianos que oraron por mi salud,
aún sin conocerme.
Los
psicólogos, cuando me visitaban, pensaban encontrar a un hombre deprimido y
angustiado, pero era todo lo contrario. Me decían que tenía una fuerza de
voluntad muy positiva y yo les respondía, que sólo por la gracia de Dios que
había cambiado mi vida estaba vivo y por eso, tenía esa fe altruista.
La
cosa no estaba en mí, sino en la gracia de Dios en mi vida. Les comentaba que
era consecuencia del fruto del Espíritu Santo en mi vida. Por eso, el amor, el gozo,
la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y la
templanza que es el dominio Propio se reflejaba en mi vida.
BENDICIONES
Como
había perdido mi empleo bruscamente y eso era una preocupación, Dios obró de
manera maravillosa. Dios había hecho la llaga y él mismo la curaba. Recibía ofrendas
de los Estados Unidos, México y distintos lugares del Perú. Amigos y hermanos
en la fe muy amados de distintas denominaciones se hicieron presentes. Estoy muy
agradecido por ello.
También
mi familia estaba ahí. Se presentaron con sillas de ruedas, muletas, andadores,
baños portátiles, pañales, mesas de hospital, etc., etc. Mis hermanos,
sobrinos, cuñados, primos, etc., todos interesados por mi salud. Algo estaba
sucediendo en mi familia.
También
había pasado algo en mi comunidad de fe, la Primera Iglesia Bautista del Callao
(PIBC), congregación de la que soy miembro desde mi adolescencia en 1974. La
iglesia oraba por mi salud y estaba pendiente de lo que pasaba.
Semanas
después, cuando volví a la congregación, pasó algo maravilloso. Me saludaban,
me abrazaban, lloraban conmigo, me besaban, etc. Era una especie de “héroe de
guerra”. La iglesia se había unido bajo un espíritu de oración y solidaridad.
Se cumplía nuestro slogan: “Somos una familia en Cristo”. Recordé la frase que
el pastor principal de la iglesia, siempre dice: “Si algo debe caracterizar al
creyente es su amor hacia los demás.”
Asimismo,
el amor hacía mi esposa se había renovado. Fui testigo de su esfuerzo diario.
Redescubrimos que nos amamos más. Con mucha dedicación y esmero realizaba su
servicio y atención hacia mi persona. Se consolidó la unión conyugal. Mi hija
que radica en el extranjero estaba pendiente de mi salud. Se comunicaba
permanentemente con nosotros. Ahora amo más a mi esposa e hija, así como a mis
hermanos en la fe, familia y amigos.
Me
visitaron los miembros de mi promoción de 1976 de la Gran Unidad Escolar
“Carlos Wiesse” de Comas, uno de ellos que radica en los Estados Unidos, me
visitó en el hospital.
Periodistas
de mi promoción de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, llegaron a mi
casa en varias ocasiones, pendientes de mi salud. Una de ellas movió sus
influencias para que diariamente, la Defensoría del Paciente del hospital, esté
presente en mi lecho de enfermo. Otro que es médico y periodista,
frecuentemente indagaba por mi salud y sus recomendaciones fueron claves para
tomar decisiones.
También
miembros de mi iglesia estaban presentes, uno de los pastores de la PIBC, junto
a su esposa llegó a mi lecho de dolor en el hospital, es decir, mucha gente
estuvo pendiente de mi situación. Creo no merecer tanta atención, pero la
gracia de Dios estuvo ahí.
Y
como me recordó el presidente de la Sociedad Bíblica Peruana en mi casa cuando
me visitó, a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien (Romanos
8:28). Por eso, creo firmemente, aunque algunos no lo entiendan en su justa
dimensión ahora, que la amputación de mi pierna izquierda fue una gran
bendición para mi vida.
Tengo
cinco meses de operado, y hoy ya estoy en mi segunda etapa de rehabilitación
física, uso pilón (la tradicional “pata de palo”), todo ello previo a la
instalación de una prótesis.
Si
alguien me preguntara si tengo algunas huellas de guerra o alguna condecoración
que mostrar, las pruebas están a la vista.
Finalizo
con esta frase: ¡A Dios sea la gloria!
FIRMADOS № 276 / Callao, Diciembre 2025



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