Friday, January 09, 2026

¿PRUEBA O BENDICIÓN?

El 2025 fue un año muy especial para mí. Formado en mil batallas desde mi niñez y juventud, el 18 de julio de 2025 perdí la pierna izquierda por una obstrucción arterial que la adquirí desde que era un niño, probablemente desde mi nacimiento, pero que lo ignoraba. De la noche a la mañana me convertí en un nuevo amputado. Al principio pensé que era un simple callo, no lo tomé muy en cuenta. Pero cuando mi podóloga, una dilecta amiga, me recomendó que vea a un médico especialista, la situación se volvió más seria.

Efectivamente fui al médico, primero por el Servicio de Emergencia, que luego de algunos análisis y exámenes, comprobaron que era una obstrucción arterial, complicada luego con la diabetes. Fui hospitalizado en el Servicio de Endocrinología del Hospital Nacional “Edgardo Rebagliati Martins”, de cuya atención no me quejo, fue de primer nivel. Los médicos hicieron lo posible para salvarme la pierna, pero mi salud estaba muy complicada. Por mi edad y los antecedentes médicos, no había la seguridad de tener éxito. Los cardiólogos, anestesiólogos, traumatólogos y otros “ólogos”, junto con las enfermeras estaban pendientes de mi salud. Mi esposa firmó una “autorización” y yo mismo, escuché antes de dormirme por la anestesia que era un paciente de alto riesgo.

En ese momento, cuando ingresaba a la sala de operaciones, oré mentalmente agradeciéndole a Dios, por la vida que había tenido, porque era consciente que quizá, nunca vería de nuevo el día. Me operaron y así pasaron las horas.

Cuando desperté, medio soñoliento, estaba en un ambiente grande y bonito, con varias camas, mejor que las habituales. Me desperté porque me picaba la pantorrilla izquierda, y yo, medio dormido, estiraba la mano para rascarme la pierna que ya no tenía. Buscaba entre las sábanas mi pierna, pero no la encontraba. Vivía el síndrome del “fantasma” del miembro ausente.

Fue así que, subiendo la mano, llegué hasta mi muslo y me dolió tocármelo. Aunque estaba con vendas, habían pasado sólo algunas horas de la operación. Desperté totalmente y observé que estaba hospitalizado, acordándome de la oración que había realizado horas antes. Pero… ¡Estaba vivo!  

Sonreí y agradecí a Dios por concederme el don de la vida. Sabía que había un propósito.

Días después me enteré que creyentes de distintas partes del mundo estaban orando por mi salud, gente que no conocía, pero que en más de 30 países la noticia había llegado. Estoy agradecido a Dios por esos cristianos que oraron por mi salud, aún sin conocerme.

Los psicólogos, cuando me visitaban, pensaban encontrar a un hombre deprimido y angustiado, pero era todo lo contrario. Me decían que tenía una fuerza de voluntad muy positiva y yo les respondía, que sólo por la gracia de Dios que había cambiado mi vida estaba vivo y por eso, tenía esa fe altruista.

La cosa no estaba en mí, sino en la gracia de Dios en mi vida. Les comentaba que era consecuencia del fruto del Espíritu Santo en mi vida. Por eso, el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y la templanza que es el dominio Propio se reflejaba en mi vida.

BENDICIONES

Como había perdido mi empleo bruscamente y eso era una preocupación, Dios obró de manera maravillosa. Dios había hecho la llaga y él mismo la curaba. Recibía ofrendas de los Estados Unidos, México y distintos lugares del Perú. Amigos y hermanos en la fe muy amados de distintas denominaciones se hicieron presentes. Estoy muy agradecido por ello.

También mi familia estaba ahí. Se presentaron con sillas de ruedas, muletas, andadores, baños portátiles, pañales, mesas de hospital, etc., etc. Mis hermanos, sobrinos, cuñados, primos, etc., todos interesados por mi salud. Algo estaba sucediendo en mi familia.

También había pasado algo en mi comunidad de fe, la Primera Iglesia Bautista del Callao (PIBC), congregación de la que soy miembro desde mi adolescencia en 1974. La iglesia oraba por mi salud y estaba pendiente de lo que pasaba.

Semanas después, cuando volví a la congregación, pasó algo maravilloso. Me saludaban, me abrazaban, lloraban conmigo, me besaban, etc. Era una especie de “héroe de guerra”. La iglesia se había unido bajo un espíritu de oración y solidaridad. Se cumplía nuestro slogan: “Somos una familia en Cristo”. Recordé la frase que el pastor principal de la iglesia, siempre dice: “Si algo debe caracterizar al creyente es su amor hacia los demás.”

Asimismo, el amor hacía mi esposa se había renovado. Fui testigo de su esfuerzo diario. Redescubrimos que nos amamos más. Con mucha dedicación y esmero realizaba su servicio y atención hacia mi persona. Se consolidó la unión conyugal. Mi hija que radica en el extranjero estaba pendiente de mi salud. Se comunicaba permanentemente con nosotros. Ahora amo más a mi esposa e hija, así como a mis hermanos en la fe, familia y amigos.

Me visitaron los miembros de mi promoción de 1976 de la Gran Unidad Escolar “Carlos Wiesse” de Comas, uno de ellos que radica en los Estados Unidos, me visitó en el hospital.

Periodistas de mi promoción de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, llegaron a mi casa en varias ocasiones, pendientes de mi salud. Una de ellas movió sus influencias para que diariamente, la Defensoría del Paciente del hospital, esté presente en mi lecho de enfermo. Otro que es médico y periodista, frecuentemente indagaba por mi salud y sus recomendaciones fueron claves para tomar decisiones.

También miembros de mi iglesia estaban presentes, uno de los pastores de la PIBC, junto a su esposa llegó a mi lecho de dolor en el hospital, es decir, mucha gente estuvo pendiente de mi situación. Creo no merecer tanta atención, pero la gracia de Dios estuvo ahí.

Y como me recordó el presidente de la Sociedad Bíblica Peruana en mi casa cuando me visitó, a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien (Romanos 8:28). Por eso, creo firmemente, aunque algunos no lo entiendan en su justa dimensión ahora, que la amputación de mi pierna izquierda fue una gran bendición para mi vida.

Tengo cinco meses de operado, y hoy ya estoy en mi segunda etapa de rehabilitación física, uso pilón (la tradicional “pata de palo”), todo ello previo a la instalación de una prótesis.

Si alguien me preguntara si tengo algunas huellas de guerra o alguna condecoración que mostrar, las pruebas están a la vista.

Finalizo con esta frase: ¡A Dios sea la gloria!

FIRMADOS № 276 / Callao, Diciembre 2025 

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